14.12.05

Torvalds se pee, Gnome se caga

Hace nada, Linus Torvalds expresó su opinión acerca del sistema de escritorio Gnome de una forma especialmente desagradable, despreciando a sus desarrolladores y llegando a llamarles «jodidos idiotas». No voy a entrar en la (aburridísima) polémica KDE/Gnome, que nunca llega a ningún sitio, pero el suceso en sí me parece suficientemente interesante como para dedicarle unos momentos de reflexión.

Para empezar, el señor Torvalds no es la primera vez que discute no sólo de forma agresiva, sino recurriendo a la provocación y el insulto; es memorable su discusión con Andrew Tanenbaum acerca de la arquitectura del núcleo. A mí me la trae muy floja si Linus tiene serias carencias en su inteligencia social y cree que la mejor forma de mostrar sus discrepancias con un proyecto es insultar a sus desarrolladores en la lista de correo, pero parece que hay muchísima gente dispuesta a tomarse en serio sus pueriles pataletas.

Y es que el mensaje que comenzó toda la polémica no hubiera pasado de ser considerado el ataque de un troll aburrido, estúpido y probablemente obeso si no hubiera llevado la firma de Linus Torvalds. Está claro que los desarrolladores del proyecto Gnome tienen muchísima experiencia en internet, y normalmente no perderían con un mensaje así más de diez segundos de su tiempo, pasando a descartarlo automáticamente, por provocador. Sin embargo, al ver que el autor era el celebérrimo Linus Torvalds, se han tomado la molestia de argumentar, reflexionar, y discutir con él; y, por si fuera poco, el tema se ha extendido por los blogs y por Slashdot y Barrapunto, como si se pretendiera que señalando a una mierda que acaba de estallar fuera a desaparecer su olor.

¿Dónde está la cultura hacker, la de la meritocracia, la de valorar cada opinión por sí misma ignorando si el autor es premio Nobel o si está en el corredor de la muerte? En estos momentos me pregunto para qué cojones perdió el tiempo Eric Raymond escribiendo «Cómo ser un hacker», si luego resulta que no se lo creen ni los que dicen que se lo creen. Tanto hablar de la importancia de las ideas, del comportamiento social en Internet y de los modelos de desarrollo libres, para acabar entrando en una acalorada discusión que se veía desde el principio que no iba a llegar a ningún sitio.

Lo que hubiera sido verdaderamente bello, lo que hubiera dejado huella para la posteridad y habría sido una lección para generaciones posteriores habría sido hacer callar a este hombre, o al menos exigirle que se disculpara y que expresara su opinión de otra forma. Es bastante probable que él, en su ya más que evidente arrogancia, se hubiera negado a hacerlo; sin embargo, alguien le habría dado una lección, y eso es algo que a los gurús endiosados no les pasa muy a menudo. Total, que al final nadie gana, pero Linus pierde.

12.12.05

Filosofía de parada de autobús

No hay ninguna conversación en el mundo que me aburra más que esa en la que un tipo mucho más corto de entendederas de lo que él se cree se dedica a repetirte incesantemente cualquier obviedad estúpida que a su juicio es el gran descubrimiento humanístico o filosófico que ha de revolucionar el pensamiento del siglo XXI. Este tipo de conversación suele girar en torno a algún tópico manido hasta la saciedad, pero nuestro interlocutor siempre ignora este hecho y nos lo explica varias veces, insistiendo, repitiendo ideas y poniendo ejemplos, como si fuéramos demasiado tontos para entenderlo a la primera.

Los perpetradores de este delito contra la presunción de inteligencia del prójimo –porque lo sensato es empezar una conversación considerando que el otro es tan inteligente como uno, por lo menos– son por lo general hombres mayores que presumen de haber vivido mucho cuando en realidad sólo han vivido lo mismo muchas veces. Sus víctimas preferidas son los invitados a las bodas con una copa de más, y los jóvenes que aún no hemos terminado la carrera (no necesariamente en ese orden). Nos iluminan informándonos de que para encontrar trabajo lo mejor es un buen enchufe, de que a los violadores deberían colgarlos de los huevos, o de que no todos los inmigrantes son iguales. Nosotros, educados, sonreímos y hacemos como que estamos aprendiendo algo de ellos, aunque sólo sea por guardar las apariencias o por no herir sus sentimientos.

Probablemente, este tipo de personajes sean los mismos chistosos sin gracia de los que hablaba hace poco Hernán Casciari, introduciendo una dura pero interesante reflexión.

No quiero demonizar al imbécil, porque en su pecado reside también su castigo. El hombre mediocre, en realidad, no es un tipo ruin, ni maldito, ni hijo de una gran puta. Es un pobre diablo. Pero tiene algo sin embargo que lo convierte en maléfico: nos obliga a optar entre ser hipócritas y sonreirle la gracia, o ser mal educados y mandarlo a la mierda. No nos deja la posibilidad de salir airosos de su discurso vulgar y repetitivo. Nos pone entre la espada del careteo y la pared de la violencia.

Hernán Casciari, en
«¿Me puede repetir la pregunta?»



Supongo que es un triste consuelo, pero al menos la próxima vez que tenga que sonreír estoicamente a uno de estos filósofos semi-analfabetos podré consolarme pensando que tiene la mejor de las intenciones, a pesar de poseer la peor de las aptitudes.

10.12.05

Homenaje tardío de un catorce de septiembre

Jamás me atreví a decírtelo, pero siempre tuve claro que en esta historia, desde el principio, la verdadera heroína fuiste tú.

Tú sabías mejor que nadie cómo iba a terminar todo. Tenías claro que él no iba a llegar a la treintena, que no había solución, que algún día se marcharía para siempre y nos dejaría a todos con cara de resignación y un montón de cosas por decirle.

Y tú te mantuviste a su lado, luchando contra el miedo, amándole y sonriendo; y cuando llegó el fatal desenlace nos abrazaste a todos con ojos llorosos, pero sin dejar de transmitir toda esa fuerza que escondes bajo tu aparente fragilidad.

Yo no sé hacia dónde irán ahora tus pasos, pero al menos puedo confiar en que no hay en el mundo tormenta que pueda hacer zozobrar el barco de tus sueños.