Hace nada, Linus Torvalds expresó su opinión acerca del sistema de escritorio Gnome de una forma
especialmente desagradable, despreciando a sus desarrolladores y llegando a llamarles
«jodidos idiotas». No voy a entrar en la (aburridísima) polémica KDE/Gnome, que nunca llega a ningún sitio, pero el suceso en sí me parece suficientemente interesante como para dedicarle unos momentos de reflexión.
Para empezar, el señor Torvalds no es la primera vez que discute no sólo de forma agresiva, sino recurriendo a la provocación y el insulto; es memorable su
discusión con Andrew Tanenbaum acerca de la arquitectura del núcleo. A mí me la trae muy floja si Linus tiene serias carencias en su inteligencia social y cree que la mejor forma de mostrar sus discrepancias con un proyecto es insultar a sus desarrolladores en la lista de correo, pero parece que hay muchísima gente dispuesta a tomarse en serio sus pueriles pataletas.
Y es que el mensaje que comenzó toda la polémica no hubiera pasado de ser considerado el ataque de un
troll aburrido, estúpido y probablemente obeso si no hubiera llevado la firma de Linus Torvalds. Está claro que los desarrolladores del proyecto Gnome tienen muchísima experiencia en internet, y normalmente no perderían con un mensaje así más de diez segundos de su tiempo, pasando a descartarlo automáticamente, por provocador. Sin embargo, al ver que el autor era el celebérrimo Linus Torvalds, se han tomado la molestia de argumentar, reflexionar, y discutir con él; y, por si fuera poco, el tema se ha extendido por los
blogs y por
Slashdot y
Barrapunto, como si se pretendiera que señalando a una mierda que acaba de estallar fuera a desaparecer su olor.
¿Dónde está la cultura hacker, la de la meritocracia, la de valorar cada opinión por sí misma ignorando si el autor es premio Nobel o si está en el corredor de la muerte? En estos momentos me pregunto para qué cojones perdió el tiempo Eric Raymond escribiendo
«Cómo ser un hacker», si luego resulta que no se lo creen ni los que dicen que se lo creen. Tanto hablar de la importancia de las ideas, del comportamiento social en Internet y de los modelos de desarrollo libres, para acabar entrando en una acalorada discusión que se veía desde el principio que no iba a llegar a ningún sitio.
Lo que hubiera sido verdaderamente bello, lo que hubiera dejado huella para la posteridad y habría sido una lección para generaciones posteriores habría sido hacer callar a este hombre, o al menos exigirle que se disculpara y que expresara su opinión de otra forma. Es bastante probable que él, en su ya más que evidente arrogancia, se hubiera negado a hacerlo; sin embargo, alguien le habría dado una lección, y eso es algo que a los gurús endiosados no les pasa muy a menudo. Total, que al final nadie gana, pero Linus pierde.